El Juan Felipe que jamás se leería una novela está empezando a generar una pequeña adicción.
Increíble el impacto de un buen libro. Todo empezó con un regalo, Un Caballero en Moscú. Lo disfruté tanto que le dí la oportunidad a otra — When we Cease to Understand the World — también la devoré. ¿Cómo este mes no iba a leer ni una novela?
Di con esta joya de la literatura del siglo XXI.
Empezó lento. Me sentía perdido con tantos personajes, no sabía bien hacia dónde iba. Empujé un poco ese primer tercio, pero cuando despegó… me fui para Saturno.
Un domingo de seis horas acostado en una hamaca, acompañado por el murmullo del rio y se acabó este libro. Me enteré después que fueron seis horas porque yo perdí rastro del tiempo. Mi cuerpo ahí acostado pero Elena Ferrante me tenía en otro lado. No sentía afán por terminarlo, no sentía las páginas pasar, ni los párrafos leer. Me metí en otro cuento, abrí otra puerta. Con estas novelas empiezo a sentir como si una entrara en otra dimensión que se abre al permitirle a un buen autor que guíe un rato tu imaginación. Depronto los lectores fervientes y experimentados de novelas podrás describir mejor está sensación que yo apenas descubro y aún no logro describir.
Me encantó. Me encantó. Sentía que veía los personajes, sentía que eran mis amigos, mis vecinos, sentía que conocía los espacios, sentía que pertenecía a aquél barrio de Nápoles. Sentí conexiones con lo que ahora estoy viviendo.
Bueno, nos vemos luego en la reseña de la segunda parte porque ya la empecé.